Gran parte de mis primeros trabajos como correctora independiente llegaron gracias a la generosísima recomendación de mi querido colega Pablo Ali. Allá por el 2011 había terminado de cursar Comunicación en la UBA y sabía que, si me quería dedicar a la corrección de estilo y a la edición, debía reponer los conocimientos gramaticales ausentes en la carrera. Así fue cómo al poco tiempo llegué al Taller de Redacción de Pablo en Espacio Dos Puntos. Él corregía desde hacía rato y además coordinaba clínicas de obra grupales. Muchos de esos alumnos después lo contrataban para que corrigiera la obra terminada. Y ya entonces me contaba los beneficios de corregir en vivo, con la persona al lado o del otro lado de la compu.
No dudé jamás de su método ni de su pericia, pero durante los primeros años de ejercicio de la profesión, algo de esa lectura compartida no me resonaba. Todavía no sé muy bien por qué. Prefería leer sola primero, dejar todos los comentarios que hicieran falta, sintetizar las observaciones más relevantes en un informe y recién después conversar con la persona. Exceso de orden y control, quizás. Lo cierto es que no podía imaginarme corrigiendo en vivo, tan al desnudo. Cuando trabajo con los textos voy, vuelvo, subo, buceo, bajo, anoto, releo, busco en Google, vuelvo al documento y así ad infinitum. No encontraba el sentido o no me animaba o no estaba segura de compartir mi proceso. Pero si la persona que me confiaba sus palabras se entregaba de esa manera, ¿cómo yo no iba a hacer lo mismo?
Un espacio para leer sin apuro
Entonces un día probé y me di cuenta enseguida de la potencia de que el otro escuchara sus palabras en mi voz. Que presenciara sin filtros ni demoras todas mis reacciones. Que jugara él también a ser ese lector ingenuo que llega al texto por primera vez. Que pudiera mirarse con distancia y comprender, a través de mi lectura, lo que el texto pedía. Si me trababa en alguna parte, si dudaba, si releía porque me costaba interpretar la idea, si algo en mi tono o en mi sonrisa indicaba que alguna frase me había maravillado.
En la clínica de obra literaria me ubico en el lugar de esa lectora beta que llega a tiempo y pregunta todo lo que no entiende, que pide detalles sobre escenas, que cuestiona maneras de argumentar o de expandir una idea, que se detiene cuando algo la impacta y lo relee más fuerte, como para grabarlo. Muestro, básicamente, la cantidad de cosas que miramos cuando corregimos. Desde lo más chiquito, como una coma o una preposición, hasta lo más grande: si funciona la trama, si es consistente la voz de los personajes, si faltan descripciones o si sobran, si está bien elaborada la tensión narrativa, si el ritmo es adecuado o necesita trabajo.
Entonces hablamos mucho, pensamos y tomamos decisiones juntas, ese es uno de los grandes beneficios de la clínica de obra: mitigar la soledad creativa, potenciarla con preguntas. Además, en estos procesos quien escribe advierte vicios, cacofonías, repeticiones léxicas y reiteraciones sintácticas hasta el momento desapercibidas. Aprende a corregirlas y se lleva herramientas para futuras producciones. A su vez, la clínica de obra funciona como una presión extra que resulta muy productiva. Maldito masoquismo. El compromiso del encuentro opera como un recordatorio de que hay que sentarse a escribir.
Sin embargo, debo decirlo, la clínica de obra no es apta para entregas urgentes ni ansiedades. Por lo general, se trata de procesos largos, en los que no nos importa el reloj, sino el brillo de las palabras. Ya lo dijo tan bien Emily Dickinson: «A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empieza a brillar».
En el medio de ese brillo y de tantas peripecias lingüísticas compartidas, lo más lindo es que con quien escribe construimos un vínculo muy cercano, cálido, de confianza. Más que como clínica, me gusta pensarlo como un refugio.
En aquellos años de reticencia inicial, jamás hubiera imaginado que la corrección en vivo se convertiría en uno de los trabajos que más me gustan. Por suerte, parece que es mutuo y con muchas personas llevamos años encontrándonos en torno a algún texto que funciona como pretexto para escucharnos, reírnos de lo que imaginamos y jugar con las palabras.
Si algo de esta experiencia te resonó y querés que trabajemos con tu obra, hablemos.

