Significante para mí es comunicación, compañía, contacto. Acompaño el proceso de quienes tienen algo para decir y no encuentran las palabras, no saben cómo ni por dónde empezar. Hace tiempo que cuestiono la cultura de la autosuficiencia, la solución mediante tutoriales, vivos de Instagram y consultas a ChatGPT. Sigo valorando, en cambio, la potencia de la interacción humana, aquello que hacemos mejor cuando nos sentimos comprendidas y acompañadas.
Y con la escritura pasa algo particular: pareciera que, como a escribir nos enseñan en la primaria, es vergonzoso no hacerlo con fluidez cuando somos adultos. Creo, entonces, en las redes de verdad. Esas que se tejen cuando alguien dice “no puedo” y otro escucha, tiende la mano, un lápiz y promueve el encuentro.
Significante fue, justamente, la manera que encontré de salir de mí, dejar de callarme y hacer todo en silencio, imperceptible. Significante fue una apuesta, un gesto de autoconfianza. Sentí que si algo me apasionaba tanto y me resultaba fácil, debía brindarlo al mundo, ayudar a otras personas.
El proyecto nació, entonces, como una apuesta a llegar al otro, a que el otro pueda llegar a sí mismo, a que juntos encontremos la manera de decir. Porque somos palabras, animales lingüísticos, seres que vinimos a inter-ser. Hasta ahora todos los trabajos fueron así: caminos. En los que alguien me cuenta, conecto con sus deseos, pregunto sus objetivos, descubro sus emociones y pienso las palabras. Los caminos se vuelven comuniones. Me pongo al servicio. Me entrego y disfruto como propio cada logro ajeno porque conozco su dificultad.
La escritura tiene normas, vallas, límites, que serán más o menos rígidos según el género del cual se trate. Y entonces hay que aprender a disfrutarlos. Al principio, tenemos que darles lugar. Luego, cuando conocemos bien las normas, podemos darnos el lujo de olvidarlas.
En este camino confiaron en mí muchos autores y autoras. Y a pesar del tiempo que llevo recibiendo textos, siento que todavía no sé muy bien cómo agradecer semejante confianza. Supongo que la mejor manera que encontré hasta ahora fue leer y corregir con el respeto y el amor que supone ese acto de generosidad tan grande. No temo ser exagerada cuando siento que quien te manda un Word te comparte sus horas de desvelo, sus inseguridades, sus ideas, su tiempo hecho palabras.
Ayudé a escribir autobiografías. Libros de autores que sublimaron el dolor entre líneas. Personas que han sabido convertir en literatura enfermedades o puñaladas de la infancia.
Corregí muchas tesis: textos que hablaban del fin de una etapa. Con los que cerraban ciclos. Textos que cambiaban para siempre su manera de nombrarse. De ahí en más, para toda la vida, el nombre de quien me contactaba iría acompañado de un «licenciado», «magister» o «doctora». Era, en cierta forma, responsable de esa conquista y con cada título que ayudé a conseguir sentí por un instante que volvía a recibirme yo.
Por todo esto, Significante para mí es conexión, puente, camino, llegada. Significante es saber escuchar lo que el otro tiene para decir y valorarlo, validarlo, ordenarlo, estructurarlo. El lenguaje es, después de todo, estructura. Pero cuando la estructura se comparte, pareciera que pierde severidad. De pronto el rictus se relaja, la creatividad vuela, las ideas fluyen, se escapan carcajadas y yo solo siento gratificación.

